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23 dic. 2009
Port Elizabeth, fin de la Ruta Jardín y cuidado con lo que se viene...

Port Elizabeth, fin de la Ruta Jardín y cuidado con lo que se viene...

Atardecer en Port Elizabeth...
Una vez que llegamos a esta ciudad, que marcó el final de la primera etapa del viaje, nos pusimos a alistar algunas cuestiones básicas para intentar acomodar el cerebro y reaprovisionarnos, mientras nuestro cuarto integrante preparaba su vuelta a la Argentina. Port Elizabeth ponía punto final a la hermosura de la Ruta Jardín y era una antesala hacia un país más desnudo, más colorido y con muchísima más identidad. Al hostel más barato llegamos gracias a nuestra erudita guía de viaje. Está ubicado a pocas cuadras del segundo estadio mundialista en un barrio cercano al centro de la ciudad. Luego de pedir descuento y beneficios varios, decidimos quedarnos por un par de noches.

La primera postal de Port Elizabeth fue en horas nocturnas, por lo que pudimos ver en vivo y en directo la “aparición mutante”, ese momento en que se hace presente la noche dejando a la intemperie gente borracha, diciendo cosas en varios idiomas, pero que siempre terminan con la palabra rand. Para todo hay que tener una técnica y lo que estamos aprendiendo es que hablar en español tiene la ventaja que nos podemos hacer los boludos cuando algo no nos conviene. Lo más. Cara de "I don´t understand", seguida por una rápida retirada son cosas que están sucediendo más frecuentemente.

Una esquina bien sudafricana...
En nuestra primera noche de estadía sucedieron cosas muy comunes y muy inusuales. En el primer paquete podemos incluir que saqueamos la cocina del lugar, even when a few minutes ago we made a deal without breakfast and coffee for thirty rand less than the price. So nuestra conducta fue espeluznante, una manga de trogloditas atormentados por el hambre y la necesidad, chapoteando sobre los dulces, la manteca, y el pan que íbamos encontrando a nuestro paso.

En segunda instancia tenemos que gritar a los cuatro vientos la suerte que tuvimos por haber conocido a Daphne. Daphne es una mujer de unos cuarenta y cinco años, soltera, mentalista y buena persona en extremo. Practica técnicas alternativas de sanación y dedica gran parte de su vida a ayudar a todo lo que se le cruza en el camino, ya sean animales, personas, o híbridos mutantes en auto negro como nosotros. Lo mucho más que interesante, y el disparador de nuestro extenso diálogo, fue el enorme bagaje de información que comenzó a desplegar sobre Sudáfrica, su idiosincrasia y el Apartheid.

Daphne y una banda de clandestinos anonadados...
Resulta ser que había trabajado durante una buena cantidad de años en Robben´s Island, una prisión que se encuentra en una isla cercana a Ciudad del Cabo, que albergaba presos políticos. Su trabajo principal era ayudarlos a reinsertarse en sociedad luego de cumplir condenas de hasta veinte años. Para quienes no saben, la locura del Apartheid sólo llegó a su fin en 1994. La cantidad de hechos horrorosos que relató dejó a todos absolutamente asombrados y perplejos. Un sinfín de sucesos inimaginables para cualquier persona que los escuche, inclusive para los mismos sudafricanos.

Da bronca e impotencia no poder relatar cada una de las historias en este espacio, pero debemos decir que esta mujer y su suave forma de hablar, condimentaron una de las noches más interesantes del viaje. La risa con que remataba cada uno de los relatos con el ya conocido "You know?" dejará en cada uno de los que estuvimos un recuerdo imborrable. Durante aquella noche nos pasamos los teléfonos, ya que ella vivía en nuestro siguiente punto del viaje, East London, y nos recomendó un sitio para parar que estaba a cuatro casas de la suya.

Pizzas a la parrilla junto al cheff Marcello y el chico valiente del Bungee Jumping...
Tuvimos que chipear el cerebro nuevamente y ponernos a laburar para ayudar a nuestro amigo en la partida. Aprovechamos además para filmar algunas cosas que habían quedado algo desprolijas del programa piloto, pasamos por el banco, pedimos números de teléfonos a cualquier cosa del sexo femenino que se nos cruzara, y en medio de todo este ajetreo, tratamos de conocer un poco la ciudad. Todo se dio según las expectativas y conseguimos cerrar la partida de nuestro amigo para el día siguiente y darnos el tiempo para preparar unas pizzas a la parrilla para despedirlo.

Finalmente la última mañana en Port Elizabeth nos sorprendió con un sol precioso y una vista del Océano realmente espectacular. Tomamos un café, hicimos las últimas tomas en un centro comercial al aire libre, y dejamos a nuestro amigo en el colectivo que lo llevaría a Ciudad del Cabo para tomar el vuelo hacia Argentina.

La famosa foto de relleno...
Como veníamos relatando, todo en Port Elizabeth fue una transición, fin de la Ruta Jardín, la partida de nuestro amigo, la incorporación de la española en el auto, y nuestro encuentro con Daphne, que fue esa especie de señal que confirmaba que el viaje iba a empezar a mutar muy rápidamente, que íbamos a encontrar historias muy interesantes en el camino, y que África no tenía absolutamente nada que ver con todo lo que veníamos viendo hasta acá.

Para nuestro regocijo, antes de partir para East London, decidimos hacer una pasada por el Parque Nacional Addo, la reserva de elefantes en estado salvaje más grande de Sudáfrica. Nuestro propósito sería como siempre intentar conseguir la entrada gratis y realizar nuestro primer safari en tierras africanas. En breve apasionantes relatos de un grupo que quedó rengo, pero que sigue sacando pecho al regateo, al tiempo que avista elefantes con trompas largas y algo más. Gracias y hasta la próxima.
22 dic. 2009
Jeffrey´s Bay, paraíso surfero y el living del amor...

Jeffrey´s Bay, paraíso surfero y el living del amor...

Postal de Jeffrey's Bay......
¡Mierda! ¡Esta joda que no se nos quita!...
Decidimos arrancar nuevamente hacia nuestra siguiente parada playera, un pueblo surfero que se caracteriza por tener olas gigantes en forma de tubo y otras explicaciones que se las pueden preguntar a cualquier surfer amigo. Sin lugar a dudas es el mejor destino para este deporte en Sudáfrica y uno de los más importantes del mundo. (en Jeffreys Bay se celebró un campeonato mundial hace unos quince años).

Pero lo importante no son los surfers, ni los pelos rubios, ni las miles de tablas que se pueden ver desde la costa, lo más importante es que por apenas unos muy pocos rands, un grupo de enajenados como nosotros puede tener su propia casa con muchos cuartos justo enfrente de la playa. Si a eso le sumamos que nuestras amigas germanas estaban alojadas por casualidad en el mismo sitio y que no sabemos cómo, metimos a una española con sus correspondientes bolsos en nuestro auto, nos da por resultado un Gran Hermano muchísimo más bizarro que el televisivo.

Para agregarle más color a este pueblo ventoso, soleado y sumamente adinerado, apareció Dartagnan, el encargado y anfitrión del lugar. "Darta" tenía una familia, todos con la misma exacta cara que él. En un momento dudamos si no sería la misma persona que se había vuelto loca y aparecía vestida de diferentes formas, dando rienda suelta a su esquizofrenia; pero al segundo nos dimos cuenta que la persona que elucubró semejante teoría estaba bajo severos efectos psicotrópicos. Es importante mencionar lo llamativa que resultaba la operación de busto que se había hecho la que se declaraba ser su esposa.

La famosa casa del Gran Hermano sudafricano...
Bueno, en fin, sólo nos restó hornear un bizcochuelo de chocolate algún domingo a la tarde. La casa se terminó transformando en una especie de luna de miel. Se veían rostros cómplices, felices y ciertamente desorbitados. Hubieron algunos momentos de trabajo bastante relajados, que eran interrumpidos abruptamente por recreos y música al palo que transformaban la casa en un boliche. Hubo una importante fuga de cerebros en uno de los integrantes del grupo que duró aproximadamente 24 horas. A nuestro joven maravilla no le entraba más felicidad en el ser. La teoría es que las endorfinas del amor lo inutilizaron. Da lo mismo. Hicieron falta unas cuantas horas para que pudiera responder simples preguntas como "¿Qué hora es?" o "¿Tenés hambre?".

La hora de la cena...
Panorámica de la vagancia...
Alguna noche, ya habiendo terminado con la parte laborable, decidimos trasladar la alegría y el baile a uno de los tantos pubs que había en la zona. La sorpresa nos la llevamos cuando vimos que en todos los lugares abiertos, estaban pasando un partido de la selección Sudafricana de Rugby. El clima era exactamente igual a cualquier bar porteño un domingo por la tarde con el fútbol. Banderas, gente nerviosa, mucho grito y completa atención a la pantalla.

Tuvimos que esperar que terminara el encuentro para ver si pasaba algo más. Pasaba muy poco, pero el espíritu de jolgorio de la manada se abrió paso entre la nada, y en tiempo récord logró armar una pista de baile. Hasta gente haciendo trencito había. Se unieron a la fiesta: un quemado que bailaba en modo TILT, un par de rubias que vaya uno a saber en qué país las producen, y mucha gente jugando al pool mostrando la mitad de la raya de la cola. Los personajes se renovaban y como siempre empeoraban, o desde otra óptica, mejoraban conforme pasaba la noche.

Durante estos días de tremenda confusión y enajenamiento conseguimos conocer tres o cuatro de los pueblos que circundaban Jeffreys Bay, con el objetivo de conseguir una locación para filmar nuestro video clip, pero lamentablemente ninguno cubría las expectativas del equipo, y para peor, uno de nuestros integrantes debía volver a Buenos Aires a controlar la edición de otro de nuestros proyectos, por lo que el equipo local en el próximo pueblo quedaría rengo. Como pueden ver, las cosas nunca terminan de ser perfectas, y siempre tienen su lado difícil, molesto y doloroso.

Antes de la partida de nuestro cuarto integrante, decidimos que pasaríamos los últimos días en Port Elizabeth, donde nos espera uno de los Parques Nacionales de elefantes más importantes de Sudáfrica, y el fin de la Ruta Jardín y por ende de la Sudáfrica “blanca”. Anárquicos, algo tristes, excitados, y totalmente desenfocados, los dejamos nuevamente hasta la próxima aventura, en la que seguiremos tratando de mezclar trabajo, amor, locura, estados de ánimo, y la búsqueda de equilibrio para el bagaje de emociones que nos desbordan sin cesar. ¡Salud!

Jeffrey's Bay desde el living...
Todas las calles desembocan al mar... surferos a la vista...
Retomando la ruta...
16 dic. 2009
Storm River for free...

Storm River for free...

Llegando a Storm River...
Una vez arribados a este pequeño pueblo turístico que aún muestra una gran predominancia de gente blanca, nos instalamos en Dijembe Backpacker, el más barato y rústico de los hostels de la zona. El pueblo no alienta demasiado al movimiento nocturno y las veladas se desarrollan alrededor de un fuego comunitario, en el que cada uno hace lo que se le viene al marulo, casi sin filtro. Para hacerte sentir bien, regala además, una variada gama de locos que van desde hippies sospechosos, a europeos que salieron del closet, y cada uno de ellos te va sorprendiendo con sus ticks, esquizofrenias y limaduras.

El dueño del lugar y su esposa son dos freaks importantes. Multifacéticos y disfuncionales, parecían haber tenido severos problemas con drogas sintéticas que devinieron en algunos otros de índole emocional. Los empleados del lugar como siempre eran de raza negra y tenían una onda tremenda. Eran simpáticos, activos, y se descostillaban de la risa de la forma de actuar de sus patrones. (La mayoría de estas personas provienen en general de los townships, de los pueblos cercanos a los centros turísticos, o de países circundantes un tanto más pobres, como Malawi, Zambia o Zimbawe). Tiramos las mochilas, nos acomodamos entre tanto loquito suelto, y nos fuimos a dormir.  

A la mañana siguiente arrancamos uno de los días más lindos del viaje. Como siempre abusamos del café, frutas y panes ajenos, pusimos a punto a Blackie One, cambiamos a modo cara de piedra y salimos hacia el puente donde se encuentra el bungee jumping más alto del mundo. El puente desde donde se realiza este salto, une dos caminos montañosos a unos 300 metros de altura, y en la parte inferior del mismo tiene montada toda la estructura de salto a cargo de la empresa “Pure Adrenaline”.

Puente de Bloukrans...
Vista desde el medio del puente de Bloukans hacia el océano Indico...
Por debajo del puente pasa un río que desemboca directamente en el océano índico, en el que te morís en el caso que algo malo o imprevisto suceda en el salto. Una parte del equipo de producción empezó a sentir vértigo de sólo mirar a la gente saltar los 216 metros de caída libre. De los cuatro que somos en esta etapa, sólo quedó con ganas de saltar nuestro semental del peligro, Julián “Adrenalina” Árenzon, que gentilmente rifó su vida para un posible segundo capítulo del programa que estábamos haciendo para México. Sólo 600 Rands (90 dólares) nos separaban del salto, por lo que producción salió a solventar el escollo.

Así fue que encontramos a Kelven, el encargado de coordinar la seguridad y menesteres varios dentro del Bungee. Para nuestra preciosa suerte era un gran fanático de Maradona, y por ende, de Argentina. Al ratito de charlar tiramos el mangazo y nos regaló un salto. Además, permitió que el resto del equipo de producción accediera al puente para poder registrar todo. Alucinante comienzo del día.

La tranquilidad del voluntario...
Un valiente en la cornisa...
Sólo caminar hasta la mitad del puente es una experiencia adrenalínica. La vista del río, las montañas y el valle es espectacular. Apenas llegamos al medio del puente, nos estaban esperando unas veinte personas que son los encargados de hacer que no te des cuenta de nada. Profesionales del despiste y la seguridad que no te dejan pensar ni dar un paso sin su consentimiento. El momento de la tirada fue gratificante para todos. Entre música tecno y muchos gritos por todo concepto, a Juli se le fue poniendo la cara blanca y los gestos se le fueron borrando. Tomó aire, y más que tirarse, lo tiraron. Cuando volvió estaba muy nervioso y muy contento a la vez, bajo los notorios efectos de una gran explosión de adrenalina. Punto para el grupo que empezaba a afirmarse en el terreno "for free" y punto para Juli y su valentía.

A volar...
Que no se corte la soga...
Concluida la experiencia fuimos a seguir buscándonos la vida al Tsitsikama National Park. La entrada costaba 200 rands para todo el grupo, pero nuevamente la charla, la buena onda y la cámara nos dieron el pase for free. La autoestima del grupo venía aceleradamente en ascenso, por lo que empezamos a sentir que podíamos hacer esto todo el viaje. Pasamos la tarde adentro del parque nacional, filmando algunos animalitos y hermosos paisajes, e hicimos una caminata de hora y media hasta una cascada. El camino iba serpenteando por la costa del océano Índico, atravesando panorámicas de altísima calidad. Olas, colores, acantilados, rocas y vegetación fueron las vedettes de ésta tarde aventurera. La cámara iba prendida, como si fuera uno más, captando una de las sensaciones de libertad más lindas del viaje.

Tres maracas a la deriva...
Campos de girasoles a la vera del mar...
Llenos de todo eso volvimos al pueblo a descansar y a relajarnos. Apenas llegados, interceptamos a unas personas delante de un pueso de excursiones de aventura, para preguntarles por algún mercado abierto para comprar un par de alimentos que nos faltaban. Los mercados aparentemente estaban ya todos cerrados, pero a cambio de eso, la charla se extendió y terminó coronando el día con una invitación para hacer rafting... y adivinen qué... nuevamente for free.

En fin, nos relajamos durante lo que restó de la tarde. La noche nos encontró en algún otro hostel tomando cervezas con mucha gente alrededor de un fuego, un par de nuestras amigas y esa sensación de cansancio gratificante. Había un tipo que movía los troncos prendidos con la planta del pie. Había gente tratando de llamar la atención. Había un montón de tranquilidad interna. De esos días que no pasarán nunca al olvido. Nos despedimos entonces...

En el próximo capítulo: un pueblo surfer, un departamento y una luna de miel hidropónica.

De otro continente... como de otro mundo...
Un camarógrafo a la deriva...
Piletas de tanino a orillas del Océano Indico...
La banda del "Golden Rocket"...
 video
Un poquito del parque nacional...
Buffalo Bay, océano Indico y salida hacia Storm River...

Buffalo Bay, océano Indico y salida hacia Storm River...

Hacia la bahía del Búfalo...
Buffalo Bay y su día súper soleado dispersó al equipo de producción en busca de remotos lugares de playa virgen, soledad y meditación. La salida de sol se produjo a las 05:28 de la madrugada entre nubes que reflejaban una intensa incandescencia roja y amarilla justo en la unión sobre el horizonte del Océano y la playa. Cada uno aprovechó para fugarse por su lado, escuchar música, tomar mates, escribir, fantasmear, etc. La playa resultó ser bastante abierta y movida. Constantemente, olas de respetable envergadura, machacaban contra las rocas sobre la costa, por lo cual había pocos lugares para zambullirse de manera completamente segura y evitar la estupidez de tener que sacar a alguno con el pie torcido o ahogado.

Primer acercamiento al océano Indico...
Movimiento de gaviotas sudafricanas...
Las compañeras se iban a ir temprano, pero como el día estaba muy lindo, decidieron aprovechar el día de playa, quedarse a tomar sol y seguir escuchando boludeces en castellano mutado. La tarde fue realmente espectacular y disfrutamos muchísimo del calor, la arena, y de nuestra primera zambullida en el Océano Índico en una especie de yacuzzi que se formaba en la costa. El agua estaba bastante bien, tendiendo a fría, pero muy reconfortante y reparadora. Los perritos del hostal nos acompañaban a todos lados y refrescaban el entorno saltando y jugando entre ellos. Pasamos algunas horas abajo del sol hasta que llegó el momento de la partida del foreign team y con ella, la cruel realidad que entre nosotros, no teníamos un carajo que hacer en Buffalo Bay .

El guardián de la bahía...
Bar cerrado por viento...
Decidimos salir en busca de la locación para filmar un video clip que teníamos dentro de nuestras labores pendientes. Acto seguido, nos encontramos en el centro de Knysna preguntando por un barrio de rastas que habitan en las cercanías del township. Sacamos algunas fotos al lago que presta su nombre a la ciudad, y nos metimos directamente en una calle dónde comercializan artesanías nuestros queridos amigos de color. Las caras que aparecieron de atrás de esos puestos, no fueron las más amables que vimos en nuestras vidas, y nos hicieron caminar la cuadra en menos de cinco segundos. Cada lugar que mirábamos sentíamos que ya nos habían sacado una radiografía de cuerpo entero. Nos ofrecieron toda la gama de drogas casi a velocidad colombiana y nos pidieron plata unas cinco veces. Por suerte alguien apretó "eject" y sin darnos cuenta ya estábamos a cuatro cuadras del lugar... reflexionando.

Ternura infinita...
Una hermosa playa salvaje...
El equipo de producción había decidido ir al barrio por su cuenta, pero al llegar advertimos que meter la cámara en el lugar no era lo más sano, así que inmediatamente tomamos la decisión de postergar el video, e ir en busca del primer huelguista del viaje que, no contento con la deserción, se había además dormido una siesta. Lo levantamos con mochilas y todo para salir hacia Storm River, uno de los lugares que nos tenía bastante excitados y alimentando vaya uno a saber qué tipo de expectativas.

Estábamos sellando un día de mucho relajo, fantochadas e improductividad. El viaje fue muy tranquilo y duró un poco más de una hora. Sería en esta etapa en dónde teníamos que poner a prueba nuestro poder de regateo para tirar a alguien del Bungee Jumping más alto del mundo e intentar entrar al Tsitsikamma National Park. Lo que se venía era un desafío argento 100%. Entrar a todos los lugares gratis y además intentar filmarlos. En el próximo capítulo los avances de un obligado cambio de sistema...

La bahía propiamente dicha...
video
Juli pabeando con un perrito...
12 dic. 2009
Mossel bay, última parte y llegada Buffalo Bay (Knysna)...

Mossel bay, última parte y llegada Buffalo Bay (Knysna)...

En la ruta hacia Knysna...
No mucho más para contar de este tranquilo lugar llamado Mossel Bay. Los últimos dos días fueron algo atemporales, parecidos, y sin hacer mucho más que trabajar. Estábamos en nuestro club de pool africano, tomándonos trenes a la vía láctea dos veces por día, y sentados en la computadora, a veces riéndonos, a veces puteando, a veces sin saber si volvernos a Buenos Aires. Bajamos la dosis de nicotina a diez canutos por día por persona, lo que inauguró el mercado negro de secas y tráfico de tabaco.

Sin mucho pena y con no tanta gloria, empaquetamos nuestra oficina y cuando tuvimos todo a punto, acercamos a Blackie One hasta la puerta y cargamos. Rompimos la regla de no fumar adentro del auto en tiempo record y arrancamos para nuestra siguiente parada, Knysna. Por el espejo retrovisor se veía un sanguche de personas y bolsos. En el viaje no pasó nada de nada. Lo único que por momentos destruía la paz y el silencio, eran gritos que recordaban que el lado de circulación es la izquierda.

Comunión sudafricana...
Cuando llegamos a Knysna decidimos hacer rápidamente el rastrillaje de hospedajes. En medio de todo ese recorrido, nos volvimos a encontrar con nuestras amigas que nos habían abandonado en Mossel Bay el día anterior. Bueno, a partir de ahí una rápida vuelta al ruedo de Verano del ´98... sólo faltaba Nahuel Mutti y que el lugar en vez de Buffalo Bay se llamara Costa Esperanza. Nos pusimos un moño en la cabeza cada uno y Blackie nos llevó al cumpleaños.

Buffalo Bay es el nombre de un backpacker, situado en el homónimo y bellísimo lugar, a unos quince kilómetros del centro de Knysna. Una vez dentro, nos encontramos con Cocodrilo Dandy tomando cerveza, un acogedor fogón en el centro del living, y nuestra tremenda paja para intentar armar la carpa. El cielo estaba desmedidamente estrellado, y la banda de sonido del océano Índico te descorchaba el marulo. En medio segundo nos miramos y pedimos que por favor nos dejaran dormir en cualquier lado del living por el mismo precio de la carpa. No hubo mayores inconveniente gracias a la intermediación de nuestro nuevo amigo Aidon Westcott, un artista que vivía en el hostal y fabricaba cuadros con elementos reciclados que estaban realmente buenos.

Como es lógico, luego de asentarnos y cenar, los ánimos fueron en picada hasta menos dos o tres grados dirección sur. Como todas las noches, una parte del equipo queda muy manija, mientras sufre severos trastornos de ansiedad que afloran no pasadas las once de la noche hora local. Así que a las seis de la tarde de Buenos Aires, piensen que en alguna parte del sur de África, hay una persona temblando y caminando de un lado para otro con síndromes de abstinencia de algo que aún no pudimos identificar.

La estela del barrio en Knysna...
El cumpleaños hippie que de pronto descubrimos, estaba sinceramente bueno, pero no mucho más que eso. En el equipo de producción se escuchaban frases como: “hoy es una noche para algo fuerte” y “¿qué pedimos fuerte?”. La gente hablaba en los sillones distribuidos alrededor del fuego. Tres perros nos hacían compañía y Cris Morena gritaba del fondo “¡Corten! ¡Los exteriores son mañana!”, cuando vio que el equipo de producción se turnaba para salir en busca de constelaciones. El romanticismo por suerte duró poco, y cada uno empezó a buscar qué lugar del piso del living iba a ocupar para dormir mal.

Estábamos en medio de la nada y el único incentivo consistía en un mar prometedor y un día de playa y de relajación en Costa Esperanza. En fin, mejor dejémoslo ahí, pero hay para todos los gustos y para todas las edades. Perdimos el orgullo, pero no la dignidad. Hasta la próxima...

Parada estratégica, verde infinito...
Mossel Bay tiene ese no se qué...

Mossel Bay tiene ese no se qué...

La costa céntrica en Mossel Bay...
Una vez que terminamos de montar nuestra oficina electro digital móvil sobre una de las generosas mesas redondas del salón principal, caímos en cuentas que las instalaciones del petit hotel eran bastante parecidas a las de un club de barrio porteño. Estábamos a punto de pedir una ginebra con hielo a las diez de la mañana, cuando justito irrumpió en nuestra embriagada realidad, el personal de limpieza saludando en no sé cuál de los once idiomas oficiales de Sudáfrica. Nos miramos y decidimos que nada que ver escabiarse tan temprano, preparamos un desayuno, nos tomamos un tren a la vía láctea, y nos sentamos a visualizar el material que filmamos y a escribir estos relatos que van leyendo.

La cantidad de situaciones que se generan entre cuatro personas que se quieren poner las pilas y trabajar en medio de este quilombo de emociones son sublimes. Hay que pasar por mil instancias antes de abrir una computadora y lograr que nadie mencione algún inconveniente o incomodidad por el lapso de quince minutos. Hay que dividir los cigarrillos, ver quién se encarga del mate, preguntar qué hicieron los demás en tal momento, hablar de minas, escuchar gente gemir para adentro, y planear qué vamos a comer y cuánto nos va a salir... entre otros.

Oficina improvisada en el petit hotel...
Simulacro de trabajo...
Una vez superados todos estos inconvenientes, aparece ese incómodo silencio inducido. Eso dura medio minuto hasta que alguien se ríe de algo que se acuerda o suspira como diciendo: “¿Dónde estoy?” “¿Quién soy?” y “¿Qué hago acá?”. En la periferia se ve a "Blackie" estacionado por la ventana, un grotesco enchufe en la pared, otra gran cantidad de equipos peligrosamente conectados a ese enchufe, mucha gente que juega al pool, y el personal del lugar. Nos perseguía la sensación que todos nos estaban mirando como a mutantes, pero que cuando levantábamos la cabeza de la computadora, se hacían los boludos y retomaban sus actividades.

De todas formas, en algún momento nos logramos conectar a la matrix y fuimos bastante productivos durante la tarde. Logramos poner al día varios de los asuntos pendientes, así que cuando comprendimos que ya todo estaba sobre ruedas nuevamente, nos fuimos a dar una vuelta y conocer un poco el pueblo. La primera sensación fue que tranquilamiente podríamos estar en Santa Teresita o algún lugar de la costa argentina. Invasión de ese típico olor a mar y pesca, piedras al estilo escollera, y la sensación de vacío propia de los lugares preparados para el turismo, pero fuera de temporada.

Mirando por la ventana...
La tarde fue cayendo, se hizo de noche y nos metimos en una muy interesante taberna portuaria. De esos lugares que uno tiene que tocar para entrar y que son atendidos por personajes amigables que siempre están dispuestos a compartir la historia del lugar y hacer sentir bien a los que andan de paso. Apenas entramos... reminiscencias del corazón de Boedo. Faltaban sólo las botellas apiladas entre infinita cantidad de telarañas, y algunos afiches antiguos en castellano. Preguntamos qué podíamos tomar, y Etwan, el anfitrión, nos dio la bienvenida con un "chupito" local para el que no estábamos preparados. Alcohol de quemar con gusto a alcohol puro. Fuego, incendio y torniquete a las arterias. En medio minuto hubiéramos podido salir a bailar salsa o cualquier actividad que demande transpirar mucho.

Al minuto nos pusieron el trago más popular de Sudáfrica, que por supuesto estaban tomando todos los pescadores en la barra: brandy barato con coca cola. Esta combinación de shot y trago largo nos empezó a ralentizar el marulo... como si alguien estuviera poniendo freno de mano a los cuadros visuales. Nuestro anfitrión nos empezó a relatar algunas historias y nos contó que la taberna era uno de los más viejos de la bahía. Justo enfrente de nuestros asientos había una foto de Mossel Bay en 1920, vetusta y en blanco y negro. En el centro de la toma, afirmando la historia de Etwan, se veía el galpón en donde estábamos tomado desde arriba. Con el orgullo y la soltura con que relataba sus historias, Etwan moldeó una excelente noche, que redondeó y remató cuando al retirarnos nos dijo que todo lo que habíamos tomado era invitación de la casa. Superior.

La hermosura de la ruta jardín...
Afuera llovía. Mientras tocábamos enfáticamente el timbre de la "cárcel" donde dormíamos, nos dimos cuenta que habíamos manejado el timing del día a la perfección, y que habíamos logrado un inmejorable balance entre ocio y trabajo. Algunos entornos y contextos nos trasladaban constantemente hasta Buenos Aires. Quizás haya sido a causa de algún sentimiento tanguero que despertó entre la lluvia, el hotel y la taberna. Quizás haya sido el hecho de darnos cuenta que estábamos exactamente en la misma latitud del globo. Quizás algún extrañamiento inconsciente... quien sabe. Nos vamos a dormir y a descansar un rato. Hasta la próxima y gracias por leer. Prometemos de a poco ir mejorando las fotos y los relatos... ¡Salud!

Esquina, lluvia y melancolía en Mossel Bay...
La esquina turística de Mossel Bay...
8 dic. 2009
Mossel Bay y Blackie One...

Mossel Bay y Blackie One...

Con Barry disfrutando la panorámica de Hermanus...
Para ser un día en que teníamos que movilizar a toda la tropa hasta el siguiente escenario elegido, amanecimos muy tarde. Aún teníamos todo por resolver, a enumerar: el estado corporal y mental after vacaciones, la movilidad, el cambio de dinero y averiguaciones varias para ver si de alguna manera, lográbamos escapar del antro de perdición. La vagancia y los ataques de responsabilidad se batallaban internamente dentro de cada uno de los lesionados integrantes del equipo de producción. Eran esos días en que se venía venir que en cualquier momento algo explotaba por algún lado. Esos días "post desparramo indiscriminado de endorfinas". El atentado terrorista sucedió a eso de las once y media cuando se retomó por décima quinta vez la discusión de cómo nos íbamos seguir movilizando. Tiempo y dinero era la ecuación que atravesaba la charla.

Atardeciendo en las rutas sudafricanas...
Las posturas de cada uno eran las clásicas en estos pleitos: estaba quien se hacía el perro boludo, estaba quien boicoteaba todo, quien le daba lo mismo, quien justo tenía que ir al baño, todos roles y posturas que iban cambiando de persona de acuerdo a los intereses y convicciones. Además teníamos que armar los bolsos, juntar el quilombo de la habitación, ir a hacer un minitour con Barry hacia algunos puntos de la ciudad, y atender a personas mayormente del sexo opuesto haciendo preguntas de todo tipo en algón otro idioma... a las que para colmo queríamos responder.

El equipo de producción juntó aire, sacó cuentas, y concluyó que para el tipo de recorrido que teníamos que cumplimentar en esta primera etapa del viaje, lo mejor sería el alquiler del auto, pagar, llorar y luego disfrutar. Así que démosle la bienvenida a nuestro nuevo amigo de rutas y parte fundamental del equipo: el único, increíble e inigualable... “Blackie One”.

La banda del Golden Blackie...
¡Todavía no lo podemos creer! y la lista sigue en aumento!... Un Volkswagen Gol negro azabache que tiene pinta de comerse lo que venga... con estéreo y un tanque de nafta lleno. El detalle, el principal detalle, es que en este país del mundo se maneja al revés, así que se imaginarán a los cuatro sudamericanos intentando doblar bien, buscando la palanca de cambio del otro lado, y tratando de no manejar en el carril contrario.

Antes de emprender la retirada nos fuimos con Barry al punto panorámico de Hermanus, lugar donde nos explicó qué era cada cosa que habíamos visto entre tanto caminata y rock. Allí obtuvimos una sensación de grata plenitud y nos robamos el espíritu de este pueblo que nos dio tanto color y ballenas. Al bajar hicimos una visita a uno de los township, barrios pobres habitados netamente por gente negra, y que se encuentran ubicados generalmente en la periferia de cada uno de las ciudades sudafricanas. Como escondidos detrás del telón de la colonización europea.

Hermanus township...
Hermanus township bis...
Llegó el momento de la partida y nos dimos cuenta que cuatro personas más trece bultos no entrábamos en el auto. Infinita cantidad de combinaciones nos dieron el resultado final: lo mal que íbamos a viajar. Así logramos arrancar a la ruta. Mientras el camino pasaba, todo era una sensación de alivio. Teníamos la movilidad para el mes que queda por delante en Sudáfrica, y nuestro próximo destino estaba a trescientos kilómetros. En el camino filmamos, escuchamos música y paramos un par de veces a sacar algunas fotos.

Trabajando la baulera...
La llegada a Mossel Bay aconteció sin problemas. Al ratito se hicieron presentes nuestras amigas en un "beetle" que se desmorona, pero que parece que a su vez, anda que te anda. Todos juntos entonces, arreglamos la estadía en un lugar que parecía una cárcel o quizás un hospital, pero que llevaba a la mitad los gastos de nuestras últimas incursiones. En las instalaciones se desarrollaba un torneo de pool regional y estaban todos bastante borrachos. Comimos, salimos a dar una vuelta por la ciudad, y luego cada uno a su cama, para retomar las jornadas laborales en la mañana siguiente.

Una jornada inestable, pero sumamente alentadora: la movilidad estaba resulta, logramos salir del circuito europeo de backpackers, nos llevamos a Barry en el corazón y teníamos a nuestras amigas para compartir los momentos que se venían. Dese entonces por muy bienvenidos a Mossel Bay. Queda invitado a seguir leyendo...
Al lado del camino...
video
Paseando con Barry por el township...
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