28 dic. 2010

Lago Turkana (tetralogía especial)... Volver al pasado (primera parte)... Loyangalani...

Bienvenidos al pasado...
Aquella cálida mañana de octubre nos vió partir hacia Marsabit, ciudad anclada en la zona norte de Kenia sobre la ruta principal que desemboca en Moyale, el paso fronterizo más transitado hacia Etiopía, pero el menos recomendado para nuestra carencia de visados. Nos dirigíamos a Marsabit entonces con la intención de informarnos sobre la situación del lago Turkana, abastecernos de alimentos básicos y algo de efectivo, y empezar a merodear la arqueología de una de las zonas más vírgenes e interesantes del mundo.

Abandonamos Nanyuki abrazados a la tierna inconciencia de lo que estaba por venir, bajo la advertencia de que Nanyuki era algo así como el punto limítrofe entre la Kenia conocida y otra "incierta" que estaba por venir, y de que el camino iba a ser largo y cansador. Como verán, todo eso no nos movió un pelo, por lo que encaramos hacia nuestra primer escala: Isiolo... exigiendo aventuras, dificultades, un cambio de aire, y un poco más de acción; y desatentos a que lo que venimos pidiendo se cumple a rajatabla, se desató una de las más emocionantes, dificultosas y extenuantes historias de nuestras vidas viajeras.

Juan en la desértica e infinita ruta hacia el pasado...
Todo empezó con un mega camión que nos abandonó en el corazón de esta extraña ciudad apodada Isiolo, que literalmente parece parte de otro país. El panorama ambiental y la "realidad" habían sufrido un drástico cambio. Calor mutante, un desierto que todavía nos estamos preguntando adónde empezó, y un recambio de "humanidad" algo controversial, a la que podríamos calificar de ciertamente insoportables y mucho más que atrevida. Sólo nos quedamos en Isiolo el tiempo necesario para deglutir un chapati con huevo y salir corriendo del irrelatable asedio de TODOS... para pedirnos plata, para mirarnos, para molestarnos, o para ver si éramos humanos...

Brecha espacio temporal entre el presente y el pasado...
Una magnánima montaña desafiando a la ruta...
En fin... realmente se empezaba a complicar. Por la ruta no pasaba nadie. Lo único que luego de un rato y nos dió un aventón, fue un camión militar tripulado por cuatro soldados británicos que se dirigían hacia un campo de entrenamiento perdido en alguna parte del desierto... y a partir de ahí, fijate. Los tres teníamos mucha cara de desconcierto y desorientación, pero había que seguir, pero "¿cómo?" era la mucho más que dudosa pregunta para tanta situación... y entonces...

Nunca estuvimos tan contentos de ver chinos. Los chinos están en todas partes y más específicamente dónde nadie quiere ir, donde nadie llega; y generalmente no están perdiendo el tiempo, y en África, si no están sacando fotos, están colonizando silenciosamente la geografía y construyendo rutas. ¡Vamos los chinos carajo! Los únicos que dan la cara, yendo y viniendo en camiones manejados por keniatas, llevando y trayendo gente, máquinas, o agua de una punta a la otra de la obra... directamente en el centro del desierto. Digno de admiración.

¡Vamos las bandas del desierto!...
Camión extrayendo agua de un pozo para llevar hacia otra parte de la obra...
Y por unos cuantos kilómetros nos pasaron de mano en mano, de camión en camión, de posta en posta, para depositarnos en el área más loca, llamativa y desconocida para nuestras pequeñas cabezas futurísticas. Para ser más precisos: hay un puente en algún lugar del desierto keniata, exactamente en donde termina la ruta que los chinos están construyendo, que según nuestras conclusiones es una de estas puertas hacia la cuarta dimensión, que cuando uno la cruza, se rematerializa directamente en el pasado, un pasado lejano, que roza la prehistoria, posiblemente muy cercano a los picapiedras...

Cuando me quise dar cuenta Juli se había transformado en Juli "Fox", y Juan en el "Doc", pero el auto de "Volver al futuro" no estaba. Lo que sí había eran tribus que acusaban nombres como "Samburus" y otros que no me interesa acordarme... Absolutamente impactantes... vestidos, o más bien desvestidos, adornados con plumas, aros y bastones... impresionantemente coloridos, absolutamente atemporales... despampanantes.

En la frontera entre el presente y el pasado...
Transición y atemporalidad... quietud...
El paisaje sin palabras, sólo faltaban las cavernas. En un momento dudé sino eran extras de alguna megaproducción Hollywoodense, pero no vi a Brad Pitt y me tuve que convencer de que realmente estábamos entrando al pasado, y que ya no había posible vuelta atrás. (Hay que aclarar que por suerte antes de entrar al pasado hay gente en la puerta que vende marihuana barata con fines terapéuticos). Nos pusimos los anteojos 3D y los chalecos antibalas, y nos sentamos al costado de la ruta a esperar a que pase alguien que nos pudiera llevar hasta Marsabit.

"Carapachin chin chirinchin... carapachin chin chirinchin..." una y otra vez, repetidamente. De acá no nos saca ni Cristo redentor pensamos, pero Dios por suerte, y como venimos repitiendo en este blog, está en todos lados, inclusive en el pasado, y de repente, milagrosamente nos mandó un corresponsal al rescate. No te la puedo creer y siiii... ¡aguanten los curas del desierto! ¡Apareció un cura super sport en el desierto! ¡Síiii! ¡Así de satánico! Un cura en camioneta 4x4, que además frenó... y aunque llevaba un montón de cosas en su caja, inclusive una familia con un nene, se ofreció a llevarnos.

"¿Adónde se dirige padre?"... “Al lago Turkana hijos, a un pueblo llamado Loyangalani”. “mmm....mmm” (santa duda). Nos miramos y Juan preguntó: “¿Ustedes quieren ir a Marsabit?”. Sin responder agarramos las mochilas y enconmendamos nuestras almas al señor una vez más. “Diosh sosh lo más, ¿cuánto te debo?". Nos respondió: “nah dejá... todo en orden boló...” (MRL dixit) y pisó para siempre el acelerador.

Desembarcando...
De tour por alguna época prehistórica...
No teníamos idea cuánto tiempo de viaje teníamos por delante. No sé porqué el cura dijo tres horas. Tampoco se porqué le creímos. En fin... el viaje fue al mismo tiempo uno de los peores que hicimos y uno de los más increíbles y fascinantes que se puedan hacer. Por un lado, el camino era como una gran nube de polvo que nos tiñó los pulmones de marrón en pocos minutos, y por otro, un gran e interminable pozo, que hacía que nuestros ojetes y nuestras cabezas reboten constantemente contra la base y el techo de la camioneta.

Para contrarestar el polvo, no nos quedó más opción que sacarnos toda la ropa, usarla de barbijo, y empezar a putear constantemente en todos los idiomas africanos que conocemos, más español, inglés, y gracias a Juancito, también en alemán. Y para aliviar el tuje y la cabeza, no nos quedó más opción que pararnos y viajar colgados al mejor estilo Indiana Jones, de la parte de atrás de la camioneta.

Están en todos lados y también en el más allá... como los chinos...
¿Todas las fotos con la misma remera?... ¿Cuántos post hace que no te la sacás?...
Blasfemia va, blasfemia viene, los muchachos se entretienen... y lo que pasó es que por el otro lado de la ecuación, el desierto que se abrió ante nuestra incredulidad, podía haber sido Marte o la guerra de las galaxias. Montañas indescriptibles y soledades inabarcables, se sumaron a una luna llena gigante que nos iluminó el camino más rústico que transitamos en este Viaje por África, regalando sensaciones... ¿Si uso la palabra “místicas” piensan que el cura nos hizo religiosos, o que nos estámos rehabilitando de alcoholismo?...

En el pasado pasan estas cosas y también que tres horas de viaje se pueden transformar en seis, por lo que dedujimos que en los viajes temporales, el tiempo se multiplica o se divide por dos, depende el tramo y la época histórica.

¡Qué buen lugar mi dios!...
Habitantes del limbo atemporal...
En un momento nos dijeron que habíamos llegado a Loyangalani. Pensamos que todos se habían mudado, o que el cura había estado tomando grapa, pero no, efectivamente estábamos allí. La negación de haber llegado la habíamos basado inconscientemente en: la única luz que vimos prendida, y la absoluta cantidad de nada abierto que había para contrarrestar una interminable cantidad de hambre atrasada... en el tiempo (cuac).

El cura dijo chau y se perdió en la oscuridad, “como si Dios se lo hubiera llevado”, y nosotros quedamos más desorientados que los chinos que construyen las rutas. El viento intenso y caliente que circulaba en el ambiente le ponía una cuota de incomodidad a todo, por lo que decidimos armar la carpa abajo del árbol más cercano, abrir una lata de choclo que era lo único que teníamos e irnos a dormir antes de que algo malo pase...

No sabíamos si estábamos en Kenia o en el no lugar, lo que era seguro era que no teníamos plata, y como estamos en el pasado, todavía no se inventaron los cajeros automáticos, así que teníamos que resolver cómo íbamos a subsistir. No se pierdan la segunda parte de esta tetralogía... no se la pierdan no. No se van a arrepentir.

Así se ve el desierto desde la "ruta"...

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