26 feb. 2012

Mumbai, Salvation Army y una visita a Dharavi...

En Dharavi, el slum más grande de Asia...
“Hash, hash, white, brown, cheap my friend, what do you want?... In India everything is possible”... sería la omnipresente e irrefutable frase que de aquí en más marcaría el paso en el recorrido por el subcontinente. En India, además de un calor húmedo y bastante insoportable, existen una multitud de personas encargadas de recordarte a toda hora que lo que necesites, desees, o se te antoje, es conseguible, administrable, discutible y realizable. Y para nuestro precario y contenido estado emocional, esa realidad no significaba nada más que mucho más peligro. “Pará loco, déjame pensar qué quiero, lastro algo, entiendo adónde carajo estoy y después vemos el tema del quilombo”...

En Mumbai, y en casi todos los lugares que recorrimos en India, o te entregas de lleno a las circunstancias, o el entorno te aplasta, se te ríe, y te caga a trompadas. Pero Mumbai, más allá del calor, la mugre, la infinita cantidad de gente durmiendo en las calles, las ratas, el peligro constante de deshidratación, y las dos millones de personas que no te dejan caminar para venderte algo, es una ciudad amable, profunda y absolutamente impresionante.

Olores, colores, religiones, comidas, chais, indigencia, comercio, timadores, yunkees, vendedores de ilusiones, y bolas de personas moviéndose incansablemente de un lado para el otro, pintan un panorama de estímulos multidiversión que no te dejan avanzar hacia el próximo capítulo. Uno se puede quedar estancado en cada minúsculo átomo informativo. La mente se traba, y el cuerpo empieza a caminar sólo y blandito, hinoptizado... hacia cualquier lugar. Y según lo que recuerdo puedo avisar, informar y afirmar, que cualquier lugar en India, es un buen lugar... Tengámoslo más que claro para todo lo que sigue en este país.


Indian Gate a orillas del Mar Arábigo...
Contraste a lo Mumbai...
En los alrededores de Colaba...
Mumbai respira turismo, multiculturalidad y diversión. En quince minutos ya éramos amigos de Angela, en veinte de Erika, en cuarenta de Alex, Rashid, Ian y Diana, en una hora del famoso gurú de la moda “Jota Eme”, y así sucesivamente y sin parar, hasta que abandonamos la ciudad, o más bien deberíamos decir, el país. 

Haber venido a parar al Red Salvation Army sería la prueba irrefutable de que las coincidencias no existen, y que si así fuere, se encargan muy bien de disimularlo. Navegando entre no casualidades y mundos confluyentes, quienes nos íbamos encontrando empezamos a hablar un idioma común no identificado, que no hizo más que poner al descubierto sensaciones universales de emoción y de placer.

Y no estoy hablando de porrito y de birra que son los más comunes, ni tampoco de ningún tipo de estado de satisfacción inducido... Estoy hablando de magia pura en el sentido menos hippie de la palabra. Hablo de calor y humedad, y de mugre y rock and roll, teñido por charlas infinitas, por miradas intensas, y por un bagaje de elementos que nos adornaban veinticuatro horas por día con su contenido sorpresivo non stop. 

"Diversión" es una palabra burda, y "felicidad", una demasiado efímera. Aquello era congoja, entrega, inocencia, locura, entendimiento, excitación y tranquilidad fusionándose constantemente. Trueque de sentimientos, loa a las ideas y una importante cantidad de pelotudez de la mejor.


Una banda contenta, Rashid y Alex de fondo...
Un poco de comida callejera...
Colonizado por esta particular gama de sentimientos se corre con una gran ventaja: ser portador de la seguridad de que hagas lo que hagas, la vas a pasar bien. Entonces nos entregamos de pies y manos, y salimos a recorrer la montaña rusa mejor lograda de los últimos tiempos... Atemporales, errantes, y adentro de una nube de pedos sorpresivamente emocionante, nos movimos diciendo que "sí" a todo y "no" a nada.

El Red Salvation Army estaba invadido entonces por una manga de trogloditas a los que les importaba bastante poco su contexto religioso y su poco sentido de la aventura. Un lugar inundado por turistas de todo el mundo en busca de sociabilización y de contacto, fue el simple y solitario hecho que volvió al lugar un quilombo. 

Durante el día no era el problema, ya que la mayoría luego de despertarse y tomar la decisión de enfrentar los rayos del sol, se entregaba a alguna corta caminata, o a trámites cambiarios, o a buscar movilidad y transporte para el próximo destino. El problema llegaba a la noche cuando empezaban a anunciar que se cerraban las puertas a las diez en punto, y todos estaban más manija que el Facha Martel y el Negro Olmedo en temporada en Mar del Plata. Tráfico de birras, música, rebeldía adolescente, y el famoso “copate, déjame un ratito más”, se transformaron en un clásico que poco a poco fue desgastando los ánimos religiosos de los encargados del lugar.

Debido a esto nos empezamos a rescatar, enfrentamos el calor, y nos entregamos a la movilización diurna al menos por un par de jornadas; hecho que no nos vendría mal para conocer algunos puntos interesantes de la ciudad, y de paso destilar a cielo abierto tanta cantidad de tóxicas endorfinas acumuladas. Por lo que entonces agarramos un mapa, pensamos muy poco, y nos lanzamos sin escalas a la excursión estrella en Mumbai: la visita al slum más grande de la India y de Asia, “Dharavi”, un lugar que conmovería nuestras estructuras básicas de sanidad, como así también de amabilidad y de virtualismo virtual 8.0 plus.


Edificios en el camino...
Mumbai o Bombay, como lo quieran llamar...

Para llegar hasta Dharavi primero hay que caminar, o tomar un taxi entre cuatro o cinco personas (porque cuesta muy poco dinero). Nosotros preferimos caminar por una convención grupal basada en la convicción de que caminando es la forma en que más rápido se absorbe un lugar. Nos mezclamos en el cambalache entonce y por arte de magia llegamos a la estación de tren. Trece paradas nos separaban de las inmediaciones de este espectáculo de alto impacto y contenido social. Compramos el pasaje, nos enlatamos en el vagón más caluroso del año, y nos dejamos observar por una infinita manada de indios que acobijaron plácidamente nuestra achacada occidentalidad.

El tren, como casi todo en India merecería un posteo aparte. Los taxis, los rickshaws, los idiomas, el meneo de la cabeza, los nenes, las comidas, los vendedores, los que viven en la calle, los cambistas, los aromas, los mercados, las motos, los autos, la arquitectura, los templos, el merchandising, los chais, las sonrisas, la naturalización de la miseria, las montañas de basura, el trato hacia la muerte...


Vecinos de Dharavi...
Los chicos poniéndole imaginación a la nada...
Miles de libros para responder a la pregunta de qué carajo es la India... Y aunque los pudiera leer a todos, me atrevería a decir que no hay mil libros que suplanten un segundo de vida en las inmediaciones de Mumbai. El cuadro completo depende de esa fina capa de sensaciones con las que India suele recubrir la piel si uno se deja llevar. Para quien va a quejarse de lo que no entiende y no ve como natural, es todo lo contrario, y por la tanto se le niega el cuadro y la pasa como el orto.

Dharavi es India aglutinada, hacinada, en estado de desnudez absoluta. Una “villa miseria” de nulo control sanitario, impregnada de la mezcla de olores más contradictorios que he experimentado, de templos hinduistas, de mezquitas, de autos, de polvo, de agua podrida, de niños jugando sobre todo ello, de gente increíblemente amable, de callejones laberínticos que te llevan a lugares impensados, de sorpresa, de ternura, y por sobre todo, de una organización asombrosa para un lugar de estas características.


Puestos de ropa callejeros en Dharavi...
La mejor foto de Mumbai...
En las pipas de agua de Slumdog Millonarie...
A su vez, no es un lugar para nada oscuro, sino más bien todo lo contrario. La gente está viviendo en medio de esa anarquía ordenada, sin peligro, con respeto, y con una especie de culto al compartir que llama muchísimo la atención. Todo lo que sucede en una gran villa en cualquier parte del mundo sucede más intensamente en Dharavi, pero con una notoria sensación de pertenencia y seguridad. Uno no podría decir que en Dharavi se ve una mínima partícula de violencia o de maltrato. Un lugar pobre, extremadamente pobre, con carencias notorias y extremas, pero con reglas propias de las que uno no puede irse sin al menos sorprenderse.

En las inmediaciones de este slum se encuentra la gran pipa de agua que aparece en la conocida película “Slumdog Millonaire”, lugar en el que hicimos las tomas cholulas por excelencia y miramos chicos nadar en el agua más sucia y podrida que vi en mi vida. Caminar por este lugar es una aventura de alto impacto, que hasta podría ser tildada de extrema e irreal. Un vaivén de sentimientos en estado de nutrición perpetua.


Una linda juntadera de gente... de las mejores...
Basura, te miro y veo, basura...

Estupefactos y llenos de alquimia grupal, nos fuimos moviendo entonces por estas inmediaciones, y por otras que implicaban el mismo sentimiento aventurero, el mismo riesgo para los sentidos y las mismas probabilidades de estupefacción. Así fue que visitamos un mercado de antigüedades, otro par de mercados de comestibles, estaciones de trenes, restaurantes, edificios, pero principalmente nos introdujimos al "hardcore city structure" de la India, y con ello, a la mezcolanza y aura de un país que se rige bajo sus propias reglas, su propio esquema, y que por cierto, muy poco tiene que ver con algunas de las nuestras. Un lugar que te prepara para que todo lo que siga entre como piña y sin atascos, para que pase sin peaje al bocho y deje una huella imborrable y eterna.

Alguna de estas noches manija, nos pasamos de chistosos en el Red Salvation Army, y a la mañana siguiente, fuimos echados a patadas por toda su comitiva, que nos declaró "pecadores y revolucionarios", según los artículos de convivencia de la religión, y se liberó de una troop de unas diez o doce personas, que contentas y orgullosas salieron jocosas a la búsqueda de un nuevo destino. Y lo encontramos a dos cuadras, y no tenía límite horario y no les importaba un carajo de nada. Contentos con esto de que "no hay mal que por bien no venga", decidimos entregarnos a más quilombo... Y entre paseos nocturnos, reuniones en bares clandestinos y charlas al borde del Mar Arábigo, consolidamos la historia de un grupo que trascenderá el tiempo...

La última noche fue una fiesta... Una fiesta a la que podríamos tildar de memorable y confusa, como así también de emocionante y bizarra. Qué se yo... A esta altura... Si está todo buenísimo. Una linda forma de decis "adios", o en la mayoría de los casos, "hasta luego". Cada uno iría por su lado a partir de aquí y ahora. A nosotros nos tocaba ir hasta Pushkar, hacer una escala textil, y salir corriendo hacia Dheli a recoger a nuestra cuarta integrante y amiga eterna, la gran María Agustina Olivera...


Bien por el bar, bien por esta gente... ¡Salud!...
Haciendo guardia para que no cierren la puerta...
De Mumbai lógicamente se pueden escribir libros y libros y libros y nunca terminar de abarcarlo... Yo no puedo decir mucho más que: a Mumbai vale la pena experimentarlo, olerlo, caminarlo, y si es posible, eternizarlo. Infinitamente mágico, infinitamente efímero... Un cuadrito para la posteridad. Allí dimos el puntapié inicial a uno de los recorridos más hermosos, intensos y despreocupados del viaje. Cero batalla, cero problema y una gran cuota de adrenalina y felicidad. Hasta la próxima entonces cuando este blog se tome un tren a Ajmer para alcanzar la cuna textil de la India... Pushkar...


Vaca tranquila dando un paseo por el centro...
La basura de Dharavi aglutinada alrededor de la pipa de agua...

4 comentarios:

  1. Piel de gallina!!. Es dificil describir Mumbai, pero creo que lo hicieron muy bien. Asi, con caos, desorden y una bomba de informacion que te desborda los sentidos. Esas miles de imagenes en la retina no se les van a borrar nunca mas. Buenos viajes!Namaste! Ani

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  2. Gracias Ana!!!... Lo mismo para vos... Beso y gracias por leer...

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  3. Qué buena aventura Juli!! Los felicito. Rubén

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